El cuerpo como vía de sanación: Yoga y trauma psicológico
Resumen
El trauma psicológico deja huella en la mente y en el cuerpo. Las investigaciones demuestran
que las experiencias traumáticas afectan profundamente la regulación del sistema nervioso, la
percepción corporal y la sensación de agencia personal. En este contexto, el Yoga Sensible al
Trauma (YST) emerge como una herramienta somática eficaz para reconectar con el cuerpo
de forma segura, facilitando procesos de regulación emocional, seguridad y autonomía.
Trauma y cuerpo: una desconexión fisiológica y psíquica
El trauma no es simplemente un recuerdo doloroso. Como señala van der Kolk (2015), “el
cuerpo lleva la cuenta”, ya que el impacto traumático modifica el funcionamiento
neurofisiológico del organismo, afectando la percepción, el comportamiento y la capacidad
de habitar el cuerpo.
Diversas investigaciones han demostrado que el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT)
afecta al cerebro de forma significativa: se activa en exceso la amígdala (que detecta el
peligro), disminuye la actividad de la corteza prefrontal medial (que ayuda a tomar decisiones
y regular emociones) y se reduce el volumen del hipocampo (clave para la memoria). Estas
alteraciones se hacen especialmente evidentes cuando la persona intenta regular sus
emociones, ya que el cerebro reacciona como si estuviera constantemente en alerta,
dificultando el control del miedo y las respuestas impulsivas (Shin, Rauch & Pitman, 2006;
Hayes et al., 2012).
Todo ello repercute directamente en la vivencia corporal. Se manifiesta en forma de
disociación somatoforme, hipervigilancia o anestesia emocional, haciendo que el cuerpo se
perciba como un lugar inseguro o desconocido. Según la Fundación Rādika (2024), “el
trauma afecta la relación con el cuerpo, y es necesario restablecer esa conexión con cuidado,
respeto y desde la presencia”.
Yoga Sensible al Trauma: una propuesta integradora
El Yoga Sensible al Trauma (YST) es una metodología basada en evidencia que adapta la
práctica tradicional del yoga para personas que han atravesado situaciones traumáticas. Su
enfoque se centra en crear un espacio terapéutico seguro que prioriza la interocepción, la
elección y la recuperación de la agencia.
Cabe destacar que la interocepción, o la capacidad de percibir las señales internas del cuerpo
—como el ritmo cardíaco, la respiración o las sensaciones viscerales—, juega un papel
fundamental en la sanación. Al reconectar con estas sensaciones internas, la persona puede
recuperar un sentido de presencia y control sobre su cuerpo, lo que es esencial para la
regulación emocional y la reconstrucción del vínculo con uno mismo.
Como explica la Fundación Rādika, “la pérdida de control y de elección es el núcleo de la
experiencia traumática. Por eso, una práctica que devuelva al cuerpo el poder de elegir es
fundamental”.
La terapia tradicional para el trauma suele centrarse en la parte psíquica, tendiendo a
descuidar la dimensión física, visceral y corporal. Por ello, el yoga puede ofrecer una vía
efectiva para abordar esta dimensión. Como señalan Emerson et al. (2009), “el yoga, cuando
se emplea con destreza, puede abordar de forma única las necesidades físicas de un
superviviente de trauma y ofrecerle una manera de cultivar una relación amistosa con su
cuerpo mediante prácticas suaves de respiración y movimiento”.
En la práctica, esto se traduce en una guía verbal no directiva, ausencia de correcciones
físicas, posibilidad de elegir entre diferentes variantes posturales y un abordaje progresivo de
la respiración. No se busca inducir estados alterados de conciencia, sino habitar el cuerpo tal
como está y tal como se siente.
Evidencia científica sobre la eficacia del yoga en trauma
La investigación sobre el uso del yoga en poblaciones con trauma ha aumentado
significativamente en la última década. Un estudio aleatorizado controlado de van der Kolk et
al. (2014) con mujeres diagnosticadas con TEPT demostró una reducción significativa de los
síntomas de reexperimentación, evitación e hipervigilancia, así como una mejora en la
interocepción y en el sentido de agencia personal.
Asimismo, una revisión sistemática de Cramer et al. (2018) concluyó que el yoga puede ser
una intervención complementaria eficaz en el tratamiento del trauma, especialmente cuando
se adapta de manera segura y centrada en la persona. Estos hallazgos respaldan el uso del
yoga no solo como herramienta de relajación, sino como una intervención somática que
promueve la autorregulación emocional y el empoderamiento.
Reconstruir la agencia: el papel de la elección y el lenguaje
Uno de los efectos más profundos del trauma es la pérdida de agencia. Durante el evento
traumático, la persona no puede elegir cómo actuar ni protegerse. Esta sensación de
impotencia deja huellas profundas. Como afirma la Fundación Rādika, “las opciones son un
recordatorio de que sí puedes elegir”.
En el YST, cada indicación se presenta como una sugerencia. Frases como “quizás quieras…”
o “puedes probar si te apetece…” sustituyen a órdenes directas. Esta forma de guiar refuerza
la autonomía del practicante, fomenta la escucha interna y restaura la confianza en las propias
sensaciones.
Este enfoque se apoya en el uso sistemático del lenguaje invitacional. En lugar de comandos,
se utilizan expresiones como “cuando estés listo”, “si te apetece” o “puedes intentarlo si lo
deseas”. Como señalan Emerson et al. (2009), este tipo de lenguaje permite a los estudiantes
cultivar una relación no demandante con su cuerpo, algo fundamental en el camino de la
sanación del trauma.
Ofrecer estas opciones de forma reiterada durante la sesión es un aspecto terapéutico esencial.
Postura tras postura, los recordatorios suaves permiten a los participantes tomar decisiones
según su experiencia interna, lo cual fortalece su sentido de autoeficacia. Según los autores:
“A medida que los estudiantes desarrollan la capacidad de tomar
decisiones por sí mismos basándose en su retroalimentación interna, están
aprendiendo que sus sensaciones importan y que pueden actuar para
sentirse mejor” (Emerson et al., 2009).
Además, cultivar un entorno donde la elección sea valorada abre la puerta a que los
estudiantes se atrevan a probar nuevas posturas o experiencias, sabiendo que siempre podrán
decir no. Esta libertad de elección es, en sí misma, profundamente sanadora.
Implicaciones clínicas y recomendaciones
El yoga sensible al trauma no debe considerarse un reemplazo de la psicoterapia, sino un
complemento somático que potencia los procesos de integración emocional. Su aplicación
requiere formación específica, sensibilidad clínica y comprensión del funcionamiento
neurofisiológico del trauma.
Las sesiones deben estructurarse en un entorno seguro, incorporar ejercicios de orientación
interoceptiva y fomentar la autocompasión. La voz del facilitador, el ritmo de la práctica, la
ausencia de juicios y la presencia respetuosa son elementos esenciales para sostener un
espacio de sanación.
Como expresa la Fundación Rādika (2024), se trata de “crear espacios donde la escucha, la
elección y la presencia sean la base de la experiencia”.
Conclusión
El trauma también se aloja en el cuerpo y, por tanto, requiere ser integrado en el proceso
terapéutico. El Yoga Sensible al Trauma constituye una vía eficaz para restaurar la relación
con uno mismo, recuperar el sentido de agencia y cultivar una presencia compasiva. Su
eficacia está respaldada tanto por la evidencia empírica como por el testimonio de quienes lo
practican. Debemos abordar el trauma sin olvidarnos del cuerpo.
Referencias
Cramer, H., Anheyer, D., Saha, F. J., & Dobos, G. (2018). Yoga for posttraumatic stress
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https://doi.org/10.1186/s12888-018-1642-6
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https://myusf.usfca.edu/sites/default/files/users/aszaki/TSY_principles,%20practices,a
nd%20research.pdf
Fundación Rādika. (2024). Yoga para trauma. https://radika.org/cursos/yoga-para-trauma
Hayes, J. P., VanElzakker, M. B., & Shin, L. M. (2012). Emotion and cognition interactions in
PTSD: A review of neurocognitive and neuroimaging studies. Frontiers in Integrative
Neuroscience, 6, 89. https://doi.org/10.3389/fnint.2012.00089
Logue, M. W., van Rooij, S. J. H., Dennis, E. L., Davis, S. L., Hayes, J. P., Stevens, J. S., … &
Morey, R. A. (2018). Smaller hippocampal volume in PTSD: A multisite ENIGMA-
PGC study: Subcortical volumetry results from posttraumatic stress disorder
consortia. Biological Psychiatry, 83(3), 244–253.
https://doi.org/10.1016/j.biopsych.2017.08.012
Shin, L. M., Rauch, S. L., & Pitman, R. K. (2006). Amygdala, medial prefrontal cortex, and
hippocampal function in PTSD. Annals of the New York Academy of Sciences,
1071(1), 67–79. https://doi.org/10.1196/annals.1364.007
van der Kolk, B. A. (2015). The body keeps the score: Brain, mind, and body in the healing
of trauma. Penguin Books.
Flor Bortheiry
