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"TEA"... Reflexionando una vez más

Ayer compartía un espacio de diálogo con padres y madres que tienen hijos diagnosticados de TEA. Fue un interesante intercambio en el que las preocupaciones, el desconcierto, la necesidad de respuestas, de recetas educativas que funcionen; la esperanza oculta de curación y las dificultades en su lucha para encontrar un lugar en el que sus hijos y ellos mismos encuentren acogidas cálidas y sinceras, fueron temas expuestos no sin angustia.
El temor al futuro que todos los padres y madres tienen pero que en estos casos como en tantos otros, en que la discapacidad se ensaña poniendo obstáculos que la sociedad en su conjunto parece aumentar sin miramientos, fue otro de los temas que envolvieron el ambiente con las voces unificadas de estos progenitores en su tenaz pelea por ser oídos en su demanda de ayuda.
No puedo dejar de escuchar, ni puedo dejar de entrar en esta vibración vocálica que se ahoga en momentos de emoción.
No es fácil explicar a estos padres y a la sociedad en general de qué hablamos cuando mencionamos la palabra autismo. Sabemos que estos niños sufren una gran desconfianza hacia el mundo exterior. La invasión con que pretendemos bañarlos de lenguaje con la clara exigencia de búsqueda de respuesta hace a veces que el encierro se haga más evidente. Es en esos momentos cuando el objeto autístico cobra vida y empieza a girar en las pequeñas manos de un niño con necesidad de huir, algo catastrófico se avecina… es cuando el aislamiento y el estar con el otro sin él, produce la imagen tan característica con la que solemos definir a personas con autismo.


Las hipótesis de una génesis orgánica parecen explicar la mayor fragilidad y predisposición de estos niños en un afán de crear estadísticas que nos den respuestas útiles para algún tratamiento posible. Aún falta mucho por descubrir.
El aumento de casos diagnosticados en los últimos años ha ido en aumento. La necesidad de encontrar la metodología de trabajo hace que en algunos casos se camine en tierra de nadie; en otros se critique tal o cual sistema, se desprecie el quehacer sincero de algunos profesionales.
Me encuentro muchas veces con la incertidumbre de pensar si una terapia conductual que adiestre a un niño para que sea capaz de responder a conductas que la sociedad demanda es lo adecuado. Una especie de robotización que calma a los adultos; padres y educadores parecen sentirse más tranquilos y satisfechos cuando un niño responde a la orden de siéntate, saluda, ven, sube…etc.
Los autistas no son discapacitados a los que hay que adiestrar. Son sujetos con dificultades para simbolizar, para apropiarse del lenguaje y comprender el entorno social que les toca vivir.
Reflexionando acerca de una clínica posible para el autismo llego a la conclusión de que la combinación teórica en una ecléctica viable es una salida. El trato respetuoso que exige ponerse en el lugar del otro, agudizar el ingenio y de modo artesanal crear un ambiente, un entorno especial y adecuado a cada niño, debe ser una premisa para el terapeuta. Instaurar ritmos de trabajo a partir de las propuestas del niño, permitir que vayan surgiendo elementos que nos permitan imitar, inventar, crear e ir hilvanando la secuencia armónica que establecerá un vínculo. Tomarnos un tiempo como profesionales y ofrecernos como un Otro que permita brindar seguridad y esperanza, aquella que permite estar atento a las señales y descubrir la mirada fugaz, la letra intencionada.
En algún lugar, tal vez haya un sujeto escondido… será preciso quitar el velo que lo oculta para que despierte de su encierro aletargado y nos permita acercarnos a su deseo.