Silvina Mosquera - Carmen Montolio

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La función paterna

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El rol del padre en la familia ha ido sufriendo transformaciones a lo largo de los últimos años. Cuando nace un hijo lo primero en que se hace hincapié es en el vinculo madre hijo, una díada que no debe pasar desapercibida para ningún miembro del entorno familiar, tener presente la necesidad de apoyo a la madre en el momento del nacimiento y sobre todo durante el post parto contribuye a crear un vínculo sano con el bebé. Es en estos momentos en los que la figura del hombre parece que se debilitara, ya que para la mujer su maternidad es vivida como lo único que ocupa su tiempo.

Si bien crear esta díada madre-hijo es importante, no lo es menos la entrada del padre en esta relación de a dos como tercero. ¿Qué quiere decir esto? Simplemente que el padre debe ocupar un lugar en esta nueva familia en la que su función es no solo la de sostener y contener en un principio a la mujer y al recién nacido, sino a su vez ayudar a que mamá y bebé sean dos seres independientes uno del otro. Para que esto suceda el hombre debe tener claro que su rol de cabeza de familia existe aunque sea una figura que dista mucho de la imagen de páter de la antigüedad. La mujer debe dar un lugar al padre, “presentar al padre” y crear un respeto por su palabra, darle un valor a este hombre que ha sido elegido para ser el padre de los hijos.

Actualmente el hombre vive una crisis que lo descoloca, lo desubica y desvaloriza, produciéndole una contradicción entre la propia educación en la que existía un padre autoritario amo y señor, con la demanda de una mujer actual que reclama una pareja que participe de la dinámica familiar a igual nivel que ella, sumado a las presiones sociales. Así, el modelo heredado queda en desuso y los padres jóvenes intentan ser amigos de sus hijos, asumiendo un lugar de dudosa autoridad. Este hecho les lleva a no querer frustrarlos y a una permisividad que comienza desde pequeños y desemboca en estados adolescentes de desequilibrio en muchos aspectos. Parece que tanto la madre como el padre se funden en un círculo de blandura y permisividad que los identifica con la idea de buenos padres generando hijos incapaces de realizar esfuerzos o de valerse por sí mismos.

Claro está que a esta crisis del hombre se suma la del modelo de súper mujer que intenta mantener su estatus laboral sin descuidar la función de madre. En este círculo de madres y padres que intentan trabajar y educar sin descuidar ambas funciones, adaptándose a los reclamos de la modernidad y el consumo, chocamos con la culpa que la situación genera y que es calmada con una compensación material que observamos día a día. Así tenemos madres y padres sumergidos en la vorágine cotidiana, desorientados ante los problemas educativos, y niños a los que se les da todo, menos lo necesario, es decir, se les da placer fácil e inmediato, a la vez que se genera incapacidad de espera, intolerancia a la frustración, dificultad de comprometerse y de adquirir obligaciones…

Lamentablemente la situación laboral no permite en muchos hogares tener bajas maternales o excedencias, que permitan invertir tiempo en los hijos en los primeros años de vida, para sembrar lo que se recogerá en la adolescencia: hijos independientes responsables de sí mismos y con capacidad para adaptarse a los nuevos retos de la vida, elegir un camino que conduzca a la felicidad y formar una nueva familia.

Silvina Mosquera Genlot
Logopeda y Psicoanalista